Cuando hablamos de la seguridad de los soportes rara vez le prestamos atención a la protección del medio en sí, sino que nos centramos -especialmente los que estamos más focalizados en seguridad de la información- en la seguridad de los datos que el soporte contiene, independientemente de su formato. Dicho de otra forma, si me roban un pendrive USB, no me suelo preocupar por el propio pendrive (¿cuánto cuesta? ¿10 euros?), sino por los datos confidenciales que pueda tener. Esto, que al hablar de pendrives parece obvio, no lo es tanto cuando el valor del soporte a proteger es muy superior al de la información que contiene. ¿Ejemplos? Un pergamino del siglo XIII, un cuadro, la versión manuscrita y original del Quijote… o unas pinturas rupestres.
Para acabar la semana, vamos a hablar en este post de esa “otra” seguridad de los soportes, la protección del medio en sí y no de los datos que contiene. Salvo que trabajemos en un museo, un archivo histórico o similar, rara vez tendremos que enfrentarnos a la protección de este tipo de medios; pero no hace falta tratar con material de hace siglos u obras de arte para proteger el soporte: en cualquier oficina existe -todavía- multitud de información en papel, de la que obviamente interesa garantizar su confidencialidad y disponibilidad, pero también su integridad… desde todos los puntos de vista.
Seguiendo con la serie de Seguridad Sectorial, que iniciamos en junio con el post sobre
Hace años, los que nos dedicábamos de una u otra forma a seguridad solíamos hablar mucho de la seguridad informática: aspectos exclusivamente lógicos, que aglutinaban contraseñas, cortafuegos, sistemas de detección de intrusos, permisos de archivos… importando poco o nada lo que hubiera por encima (usuarios, instalaciones físicas, organizaciones…). Tiempo después pasamos a hablar de la seguridad de los sistemas de información, que venía a ser muy similar pero ya era un concepto en el que se introducía la palabra “información” (un buen avance, ya que la seguridad per se es difícilmente defendible). Con el paso del tiempo, nos fuimos dando cuenta de que lo que que realmente importaba proteger era la información —no exclusivamente los sistemas que la tratan—, tanto desde el punto de vista de lógico como desde otros muchos puntos de vista (humano, organizativo, seguridad del papel…), y dejamos de hablar de seguridad de los sistemas para pasar a hablar de seguridad de la información, algo que se mantiene casi hasta la actualidad.
Cuando estamos realizando proyectos de seguridad, desde cualquier punto de vista, casi siempre hablamos, en uno u otro momento, con el departamento de Sistemas, Explotación, Informática Interna, o como en cada caso se llame el grupo de personas que gestionan los sistemas y comunicaciones internos a una organización (servidores, aplicaciones, routers…). Este grupo de trabajo —llamémosle Sistemas, para aclararnos— es el que, total o parcialmente, dispone de las contraseñas de acceso privilegiado al entorno tecnológico de la organización, y por tanto es responsable de la custodia y protección de estos passwords.
El uso de cámaras de seguridad en lugares de pública concurrencia siempre ha despertado posiciones enfrentadas; mientras que una parte de la población está a favor de su uso, por el supuesto incremento en la seguridad ciudadana que proporcionan, otro porcentaje está completamente en contra, argumentando que las cámaras causan una pérdida de privacidad en sus vidas. Frente a esto, el hecho cierto es que en muchas calles de nuestros pueblos y ciudades, y cada vez con mayor frecuencia, se están instalando cámaras de videovigilancia.
Con este post me gustaría comenzar una serie sobre seguridad (problemas, situación, etc.) en sectores específicos de negocio: telcos, museos, espectáculos deportivos… Para empezar, he elegido el sector financiero por varios motivos: en primer lugar, es un sector que creo conocer -más o menos- debido a diferentes proyectos en los que he participado, de problemáticas y tipos diversos (seguridad lógica, convergencia, consultoría…). En segundo lugar, considero que el sector bancario -y por tanto su seguridad- es algo que nos afecta a todos y cada uno de nosotros: el que no sea cliente de un banco o caja, vaya de vez en cuando a una sucursal, saque dinero de un cajero, o acceda a sus cuentas a través de internet, que tire la primera piedra.
Twitter! 