Imagino que la mayoría de ustedes conocen el sistema de mensajería instantánea Microsoft MSN. Seguramente sabrán también que puede uno cambiar el nombre o “nick” con el que le “ven” los demás, que es posible “bloquear” a otros usuarios de manera que para ellos aparezcas a todos los efectos desconectado y no puedan hablar contigo, y que el MSN y la cuenta de correo de Hotmail comparten el identificador de usuario y la contraseña. Dicho esto, hace unas semanas, mi novia —que comprueba que no la estoy mirando cada vez que introduce su contraseña de correo, a pesar de que lo consulta desde mi portátil— me saludó una mañana con el siguiente mensaje como nombre:
“www.QuienTeAdmite.com < -- Fijate quien te elimino y quien te desadmitio en el MSN, enterate TODO"
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Si alguna vez piensa usted en sacar un dinerillo vendiendo ese ordenador, esa llave USB o ese disco duro cuya capacidad es ya irrisoria o que no le sirve de nada, acuérdese de borrar los datos que contiene, porque con toda probabilidad, aparte del teléfono de su suegra o de su ex, no querrá que sus correos personales, las fotos de su pareja o los teléfonos de sus amigos acaben en manos de un desconocido, ¿verdad?
Y le digo esto porque, aunque no sea usted el gobernador de Arkansas, estoy seguro de que se aprecia sus datos tanto como él. Ah, y por si hay alguna duda, cuando hablo de “borrar”, no quiero decir borrar. Quiero decir “hacer los datos irrecuperables”.
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Aunque no pensaba actualizar hasta mañana al menos, y no acostumbro a poner nada en inglés, no me he podido resistir a esto, que describe el impresionante y complejo sistema de escuchas telefónicas montado por el FBI, basado en un informe de cerca de mil hojas hecho público gracias a la Freedom of Information Act (FOIA) y destinado a la Electronic Frontier Foundation (EFF). Les recomiendo que vayan al artículo de Wired, mucho más completo y realmente interesante:
The FBI has quietly built a sophisticated, point-and-click surveillance system that performs instant wiretaps on almost any communications device, according to nearly a thousand pages of restricted documents newly released under the Freedom of Information Act.
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No sé si conocen el concepto de “Security Theater”, y permítanme que no traduzca la expresión. La idea, acuñada por Bruce Schneier, viene a representar la presencia de medidas de seguridad que aportan poca o nula protección, pero por contra son publicitadas ostensiblemente dando una falsa sensación de seguridad. De ahí la combinación de “seguridad” con “teatro”. Por ejemplo, hace unos días Bruce Schneier puso en su blog un caso que estoy seguro de que se repite en otros lugares: nadie vigila las 178 cámaras de seguridad de San Francisco, y en varios casos en los que diversos crímenes se realizaron frente a ellas, estaban incorrectamente orientadas. Por si esto no fuese suficiente, al parecer la visión “nocturna” es de ínfima calidad, lo que resta validez a las grabaciones. Por supuesto, como todo, este concepto tiene un efecto positivo, y uno negativo.
Empecemos por el segundo. En el caso mencionado, el ciudadano mira, y más allá de consideraciones de privacidad, ve las cámaras que le observan y en cierto modo, se siente seguro, protegido. Sin embargo, su sensación es simplemente una ilusión. Y eso le puede llevar a realizar acciones y correr riesgos que de otro modo no correría; no cambiarse de acera al cruzarse con alguien “sospechoso”, por ejemplo. Otro efecto negativo de estas instalaciones, sobre todo a partir del 11S, es la limitación de la libertad de las personas, sobre todo al otro lado del charco; con toda probabilidad muchas de las medidas de seguridad que se aplican en los aeropuertos contra ataques terroristas son inútiles, a causa de la complejidad y tamaño de éste, pero sirven como excusa para coartar la libertar y privacidad de las personas, y generar una falsa sensación de miedo en la persona; que esta consecuencia sea intencionada o un producto de la incompetencia administrativa es algo que no voy a entrar a considerar.
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He hablado más de una vez a favor de la LOPD, incluso, como el otro día, cuando se trata de defender las nada despreciables multas que su incumplimiento conlleva. Considero que, más allá de consideraciones profesionales, la LOPD es una ley necesaria y aunque por supuesto susceptible de ser mejorada, bastante correcta.
Lo que me parece indignante es que una simple búsqueda en Google proporcione listados de admitidos a concursos públicos de todo tipo de organismos (públicos), y no sólo nombres, apellidos y DNI, sino además, la correspondiente información de admitidos en el cupo de discapacitados, que como saben es un dato especialmente protegido, porque además en las bases se suele indicar el porcentaje mínimo de minusvalía que se requiere para entrar en éste. Entiendo que esta información debe estar disponible para que los interesados comprueben sus calificaciones, si han sido admitidos o no, y el porqué no en este último caso. Entiendo que por una simple cuestión de transparencia, estos listados deben estar accesibles a todos los afectados.
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Imagino que conocen ustedes la LOPD y las sanciones que conlleva su incumplimiento: de 600 a 600.000 euros o más, dependiendo de la severidad y el número de incumplimientos, ya que las sanciones son acumulativas; no es lo mismo tener una página web con los nombres y apellidos de tus empleados, que otra que incluya además información de discapacidad o afiliación sindical con todo lujo de detalles (el ejemplo es inventado). No se preocupen, no vengo a meterle miedo a nadie ni pretendo ser agorero. Vengo a hablar de la proporcionalidad o desproporcionalidad de tales sanciones, algo sobre lo que probablemente ya tengan ustedes formada una opinión.
Uno de los colaboradores habituales de S2 Grupo comenta en ocasiones, en relación con este tema, que mientras la muerte de un trabajador en accidente laboral puede “arreglarse” económicamente con cerca de 120.000 euros, por muy duro y frívolo que eso suene, un incumplimiento severo de la LOPD —o de su acompañante, el RMS— puede conllevar una sanción de varias veces esa cantidad, algo que en apariencia al menos carece de sentido. Personalmente, considero la comparación bastante apropiada, ya que por muy flagrante y grave que sea la exposición de tales datos (sin tener en cuenta que incluso en empresas relativamente concienciadas, no es muy difícil tener alguna no conformidad grave), la muerte de una persona la supera con creces.
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Hace unas cuantas semanas, a raíz del documental de Michael Moore contra el sistema sanitario norteamericano, alguien en Google descubrió que tener un blog en el que representas a tu empresa implica que no siempre puedes decir lo que quieres, y menos si tu blog lleva por descripción “News and Notes from Google’s Health Advertising Team“. En este caso en concreto, Lauren Turner tuvo incluso que dar marcha atrás y matizar sus palabras, aunque a la vista del revuelo que se levantó no parece que las palabras que escogió para hacerlo fuesen las mejores. También es cierto que no deja de ser sospechoso que en un blog que es a todas luces corporativo aparezca algo que parece ser una opinión personal, así que personalmente me inclino más por un globo sonda de Google y una rectificación simulada que por un error real; es decir, una forma de publicitar sus poco populares prácticas sin que tal anuncio parezca venir oficialmente de Google. Recordemos que no estamos hablando del blog de Lauren Turner que casualmente trabaja en Google, sino más bien al contrario: el blog del equipo de Google encargado de publicidad relacionada con cuestiones de salud, en el que casualmente escribe Lauren Turner.
Bien, a estas alturas probablemente estén ustedes desconcertados. Lo anterior puede resultar muy interesante o no, y aunque Google es una mina en asuntos de privacidad con tal de rascar un poco la superficie, lo anterior no viene a tener nada que ver con la seguridad, o al menos no desde ningún punto de vista que yo reconozca. A pesar de ello, me pareció una manera interesante de empezar la entrada con la que presentar esta bitácora, porque si nos hubiesen seguido ustedes desde el principio, se habrían dado cuenta de que no hubo presentación oficial ni inaguración; únicamente una frase en aquella primera entrada que la posponía.
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Aunque sea cierto que de vez en cuando a algunos nos entra la paranoia Gran Hermano, cuando ve uno cosas como las que han pasado con Vodafone en Grecia, no deja de sentirse algo justificado en sus miedos. Cosas que demuestran, además, que una puerta trasera suele ser una muy mala idea, sea para quién sea, porque nunca sabe uno quién acabará utilizándola.


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He de reconocer que en esto de los datos de carácter personal, entre los que podemos incluir fotos, videos o comentarios que pueden dar información sobre ideología, tendencias sexuales o el perfil psicológico propio, Internet da un poco de respeto. Y no me refiero a aquellos casos en los que alguien se convierte, como suele decirse, sin comerlo ni beberlo, en una estrella, con todos los problemas que eso supone. Recientemente una adolescente pertiguista estadounidense —si la memoria no me falla— tuvo el dudoso privilegio de convertirse en un ídolo de masas/sexual no precisamente por sus logros deportivos; saber que millones de personas tienen acceso a tus fotos y que entre ellas seguramente hay más de un tarado hurgando en tu intimidad es algo no demasiado reconfortante.
No obstante, este tipo de cosas vienen a estar fuera del control de la “víctima”, y como en otras muchas situaciones, eso es algo que hay que asumir e intentar evitar en la medida de lo posible. Otro problema muy diferente es cuando es uno mismo el que pone a disposición del ciberespacio fotos, opiniones, o datos personales en lugares sobre los que probablemente no tiene ningún tipo de control, tales como foros, las USENET news, buscadores poco escrupulosos, o incluso Google (recomiendo a título personal el uso de «”META NAME=”ROBOTS” CONTENT=”NOARCHIVE”» en la cabecera de los sitios personales, para evitar el almacenamiento en caché en los buscadores más conocidos), y que en un futuro podría no ser capaz de eliminar. Mucha gente —incluído un servidor— ha vertido datos y opiniones poco reflexionadas y de forma menos que apropiada en diversos lugares de Internet, llevado por las hormonas juveniles —o no tan juveniles—, provocaciones ajenas, la defensa de sus propias ideas más allá de lo lógico para la relevancia del foro en cuestión, la pura y simple diversión, o por el mero hecho de levantarse con el pie izquierdo; conseguir el borrado de todo ese contenido de todos esos sistemas, en caso de ser posible, puede llevar un tiempo y esfuerzo nada despreciables. Quizá alguien piense que a medida que la Red se hace grande, unos contenidos dejarán de existir, que simplemente se borrarán, pero en mi opinión, yo no contaría con ello.
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Como algunos de ustedes probablemente saben, he pasado la última semana de vacaciones en Sassari —Cerdeña—, disfrutando del sol, la playa, y comiendo pasta y pizza. Sí, eso y poco más, que ya es bastante. Aprovechando un vuelo de Ryanair, una de las principales compañias aéreas de bajo coste, me planté en la isla por poco más de setenta euros por persona, ida y vuelta. El caso es que me llamó la atención que en el viaje de ida ninguno de los mensajes habituales acerca del uso y localización de los distintos mecanismos de emergencia, tales como chalecos salvavidas, cinturones, máscaras de oxígeno o las propias salidas de emergencia estuviera en castellano, catalán, o italiano, cuando tales son las lenguas oficiales —o co-oficiales— de la ciudad origen y de la de destino, respectivamente. No, todos los mensajes estaban en inglés.
No puede decirse que yo sea totalmente bilingüe en relación al inglés, pero me defiendo con relativa soltura, y he volado lo suficiente como para saber —o creer saber— dónde está cada cosa y cómo utilizarla; afortunadamente, jamás ha sido necesario llevar ese conocimiento a la práctica, porque entonces veríamos si lo que creo saber es lo que sé en realidad. Sin embargo, teniendo en cuenta que estos mensajes se emiten, asumo, con la intención de incrementar la seguridad de los pasajeros en el caso de producirse un posible accidente o fallo aéreo, disminuyendo así el riesgo personal de cada uno de ellos al saber utilizar los mecanismos proporcionados, carece de sentido que se emitan en una única lengua que no es, probablemente, la que conocen la gran mayoría de sus receptores.
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