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Por , 2 de febrero de 2012 | Imprime

“Lo que fue, eso mismo será. Y lo que se hizo, eso mismo se hará. Y no hay nada nuevo bajo el sol.” Eclesiastés, 1:9.

La posibilidad de que ataques cibernéticos afecten al normal funcionamiento de infraestructuras claves para el sostenimiento de las sociedades modernas es una causa creciente de preocupación entre todos los agentes implicados. Prueba de ello son los recientes desarrollos normativos que están teniendo lugar y que en nuestro país se sustancian en la Ley de Protección de Infraestructuras Críticas y el Reglamento que la desarrolla.

Una de las características del temor que produce esta amenaza proviene del hecho de que no sigue una de las reglas establecidas de los enfrentamientos a que la sociedad está acostumbrada: identificar al enemigo. En efecto, hasta este momento los ataques contra una sociedad se producían en el contexto de una guerra o un ataque terrorista. El enemigo, por tanto, era conocido (incluso en el caso de ataques terroristas, ya que estas acciones buscan que la parte atacada sepa quién infringe el daño). Ahora, sin embargo, se toma conciencia de que elementos claves de una sociedad pueden ser atacados inadvertidamente y por un enemigo sin rostro, del cual, además, se desconocen sus motivaciones y por tanto no podemos prever su forma de actuar. Incluso se nos puede atacar de forma remota sin necesidad de encontrase físicamente entre nosotros.

Sin embargo, por muy novedoso que nos pueda resultar esto, en una fecha tan temprana como 1961, mucho antes de los ordenadores personales y las redes de comunicación, ya se previó que una eventualidad como ésta se podría producir. Hablamos de A por Andrómeda, una serie de televisión de la BBC que posteriormente se trasladó a novela, escrita por Fred Hoyle (físico especialista en cosmología) y John Elliot (productor de televisión).

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