No malinterpreten el título de este post. A diferencia de algunos “elementos” del mercado no estoy, ni mucho menos, en contra de los libros electrónicos y menos del dispositivo de Amazon. Todo lo contrario, fui de los primeros en adquirir uno. Invertir en un libro electrónico es invertir en salud y si no lo creen ustedes no duden en preguntarle a mi espalda. Tengo muchas ganas de que mis hijas puedan ir al colegio con una mochila en la que lo más pesado sea su bocadillo o su zumo, aunque creo que tendré que esperar a que estén en la Universidad a juzgar por la reacción que las editoriales españolas están teniendo en esta materia. En mi modesta opinión es una vergüenza, pero es lo que tenemos.
Mostrada mi postura claramente a favor de semejante utensilio del siglo XXI he de hacer una puntualización a mi apoyo. Un apoyo, por tanto, condicional, con alguna fisura fruto de la falta de previsión de los fabricantes o de los ingenieros que lo diseñaron y que se está resolviendo con las últimas versiones del software que se están publicando (versión 2.5.2).
No sé si ustedes se han parado a pensar en el impacto que sobre la sociedad van a tener, o están teniendo ya, los libros electrónicos. Creo que va a ser una revolución a corto plazo equivalente a la de la fotografía digital. El impacto en todos los ámbitos de la sociedad ya se está empezando a notar. Hasta hace no mucho los libros electrónicos eran unas maquinitas con una utilidad incuestionable para los devoradores de novelas, libros de bolsillo, ensayos y demás piezas literarias.
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