Los wearable como testigo

Subir escaleras, caminar, correr, dormir,… son algunas de las actividades que hoy en día monitorizamos. O “nos monitorizan”. Gran parte de los smartphones registran, por defecto, una parte de la actividad física que realiza el usuario, donde se registra –además- el día y la hora en que se realiza y en algunos casos incluso la ubicación donde se ha realizado. Pero hoy en día hay otro tipo de dispositivos que también registran este tipo de actividad y son más cómodos “de llevar”. Estos son los wearable, que como sabemos son pequeños dispositivos que «llevamos puestos» como pueden ser relojes, pulseras, gafas inteligentes, sensores en zapatillas, etc.

Desde luego, en muchos casos la información que registran estos dispositivos es muy útil. Más ahora que existe el síndrome «runner» y tantísimas personas practican este deporte. Los más avanzados utilizan relojes GPS que registran la velocidad, el ritmo, el recorrido y otras variables. Otros utilizan los smartphones con aplicaciones que también registran la actividad del corredor y además la mayoría permiten publicar en tiempo real esta información, así como la situación en el mapa de nuestro “atleta”. Es de sobra sabido que quien publica esta información se expone a que cualquier persona esté viendo lo que está haciendo, dónde está e incluso si mantiene una rutina, se la está dando a conocer para que la utilice a discreción.

Pero dejando a un lado la necesidad o no de obtener esta información (eso ya se lo leímos a Eusebio en “Corredores o Robocops”) debemos ser conscientes de la información que facilitamos. Aunque se pueden publicar los datos como hemos comentado, lo general es que esta información se mantenga privada y para acceder a ella sea necesario hacerlo desde el propio dispositivo o también, como sucede en la mayoría de ellos, a través de una plataforma web con un componente social. Generalmente para acceder a ésta es necesario acceder con unas credenciales de usuario/password.

Uno de los tipos de wearable más utilizados actualmente por la información que proporcionan y por su precio asequible (en comparación con la mayoría de pulsómetros) son las pulseras de actividad. Y sobre éstas quisiera contar una noticia que he leído y que me ha llamado la atención. Podría valer cualquier historia de las situaciones de cualquier saga de Antonio Sanz que os recomiendo leer, pero en primer lugar quería poneros en escenario del caso.

Imaginad un caso en el que una persona después de un fatídico accidente solicita un plus en la indemnización al supuesto autor de los hechos, porque debido al accidente no puede seguir realizando la misma actividad física que llevaba antes del suceso, ya que era una persona muy activa. Pensaréis… ¿cómo puede demostrarlo? ¿Quién sabe la actividad física que realizaba antes de ese momento? Podríamos pensar que como en todo juicio o denuncia, se citan unos testigos que dan su testimonio pero… ¿podría haber otro elemento probatorio? Sí, lo que estáis pensando: su pulsera de actividad. Al menos así lo pensaron los miembros de un prestigioso bufete de abogados de Canadá que solicitaron aportar como prueba de la actividad de su representado la información que su pulsera de actividad había registrado tanto antes como después del accidente.

¿Hasta qué punto es probatoria o podría ser relevante (o simplemente aceptada) este tipo de tecnología en un juicio? Desconozco la parte jurídica, pero este hecho es un caso más que pone de manifiesto cómo la tecnología está presente en todos los ámbitos de nuestra vida. Bien es cierto que el hecho de la actividad de una pulsera, e incluso la geolocalización de un dispositivo móvil, por sí mismos no demuestran que el portador de cualquier de estos dispositivos sea la persona afectada… a no ser que haya otras pruebas que lo corroboren, pero desde luego sí que es un elemento más de juicio y que puede llegar a ser determinante.

Este hecho me hace pensar la cantidad de dispositivos que almacenan información sobre nuestra rutina o actividad diaria (y entre otros me refiero a nuestros smartphones) y que en un caso puntual puede ser utilizada a nuestro favor o, quién sabe si de forma malintencionada… en nuestra contra.