¿Inmortalidad empresarial?

Hace ya demasiado tiempo pasé cerca de un año en el Georgia Institute of Technology de Atlanta, continuando con mis estudios universitarios. Al poco tiempo de llegar, el que debía ser el responsable de seguridad nos dio una charla en la que se congratulaba por el hecho de que Atlanta ya no fuese la ciudad más peligrosa de EEUU, sino la segunda (hablamos aproximadamente de 1999). Además advertía, haciendo énfasis en los más jóvenes, que tuviesen cuidado con las ilusiones de inmortalidad propias de la adolescencia, evitasen riesgos innecesarios y adoptasen ciertas medidas de seguridad.

Tengo la sensación de que ese tipo de fantasía se aplica de manera muy adecuada a la mayoría de empresas. En general, el pensamiento que todavía impera en muchas organizaciones es el que ya conocemos: eso no nos puede pasar a nosotros. El equivalente es el que se sube al coche pensando que los accidentes le pasan a todo el mundo menos a él y prescinde del cinturón de seguridad y de cualquier límite de velocidad “razonable”.

Sin embargo, hay dos hechos innegables. El primero es que los accidentes siguen ocurriendo. Afortunadamente, son cada vez menos y pocas veces son graves, pero ahí están las estadísticas. El segundo, que los accidentes descienden gracias a las medidas de seguridad que se van diseñando e implantando y no por intervención divina: cinturón de seguridad, airbags, control de tracción, ABS, control de estabilidad, carroceria deformable, habitáculo rígido, etc., además de las diferentes campañas de sensibilización y concienciación.

La cuestión es que muchas empresas están todavía en la adolescencia de la era digital. Esa en la que piensan que hagan lo que hagan, el peligro no existe: que el cifrado es propio de los paranoicos, que Alfredo1976 es una contraseña válida, que el comedor es un lugar tan bueno como otro para el servidor corporativo o que la destrucción de papel no es, en fin, algo tan imprescindible.

Poco a poco, algunas de éstas madurarán y entenderán que los riesgos son reales; implantarán controles de seguridad y asumirán no sólo que a veces sí pasan cosas, sino que es necesario aplicar medidas para que no pasen. Que, tal y como sucede con la conducción, están expuestos no sólo a atacantes sino a empresas que no toman esas medidas de seguridad (aspecto que nos da para otra entrada: la necesidad de entender que tu inseguridad les afecta a los demás). Otras empresas acabarán aprendiendo a base de golpes y por último —y aquí vamos a dejar de lado el símil por razones evidentes—, algunas tendrán que echar el cierre.

¿Garantiza un automóvil en buen estado, con las medidas de seguridad básicas y una conducción responsable que no tengamos accidentes? No, por desgracia. Pero sí los hace mucho menos probables y reduce significativamente sus consecuencias. Lo mismo sucede con la seguridad digital.

Quizá esta entrada les haya parecido poco útil. Si es así, piensen en las campañas de concienciación de la DGT. ¿De verdad piensan que no sirven de nada?