No hay día en el que no veamos alguna noticia relacionada con Inteligencia Artificial (IA) y, aunque existe una posición común respecto a los beneficios que ésta puede generar en diferentes ámbitos como sanidad, educación, medio ambiente, etc., el desarrollo de sistemas basados en IA genera ciertos desafíos éticos que pueden redundar en riesgos de amplio alcance, pues éstos serán usados a nivel mundial.
Nos podríamos preguntar, ¿cómo una tecnología que debería estar diseñada para facilitar el trabajo, la toma de decisiones y colaborar a la mejora de vida de la población, puede repercutir negativamente si no se diseña y monitoriza de forma adecuada?
Tomando como referencia las reflexiones de Coeckelbergh (AI Ethics, 2021): “La IA incrementará progresivamente su capacidad de agencia intencional, replicando y reemplazando a la agencia humana, generando el problema de la ausencia o disolución de la responsabilidad ética en los sistemas tecnológicos”.
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En primer lugar, la recomendación del Parlamento Europeo [1] para el establecimiento de una serie de normas en materia de responsabilidad. Al encontrarnos ante una posible “nueva revolución industrial” en la que la sociedad se ve abocada a una era de robots, bots, androides y otras formas de IA más avanzadas, resulta imprescindible que el legislador tenga en consideración las consecuencias que pueden originar el uso e implantación de dichos aparatos en nuestra vida cotidiana.